Monday, October 30, 2006

K JA JA JA JA JA

A los "Aplastando Calabasas" también les va mi rollito

MNOMNOMNOMNOMNOMNOMNOMNOMNOMNOMNO

ntentemos dejar de lado nuestra fe en el valor de lo inmaterial, y así lo que quiero contar se entenderá mejor: A nosotros, a los pobres cachorrillos de la loba macro-consumista, se nos han monopolizado los recuerdos de felicidad infantil con el acto de la compra. O más bien, con el de recibir cosas compradas por algún otro. Prueba, vamos. Recuerda si aún puedes hacerlo y muéstrame algún nudo de gloria pueril cuyo hilo, al ser desenredado, no acabe llevando de manera irremisible al aparcamiento del PRYCA, o del Alcampo, o de lo que por aquellos tus años consideraran chic los papás y mamás de la nueva democracia. ¿Difícil, verdad?. Pues así estamos.

Luego es que cada uno, que es muy suyo, se evadiese del vacío materialista desarrollando sus pequeñas aberraciones en torno al acto, y se fuese por la senda de fetichismos bizarros, más puestos en detalles o partes concretas del objeto que en el objeto en sí. Que algunos, cuando se aburren, lo hacen.

Y lo mío, por alguna extraña razón, siempre fueron las cajas de cartón grandes.

Así fue que antes que del primer televisor en color que aterrizó en el salón, o del pedazo de nevera con frigorífico y termostato, yo disfrutase, mientras se exhibiesen en el pasillo, de sus cáscaras abandonadas. El juego consistía en meterme dentro y pensar cosas. Nada más que eso. Y lo hacía durante horas, porque sabía que el cartón aislaba cualquier secreto de la contaminación exterior, y lo dejaba allí guardado después de que yo saliese y más tarde aún, mucho más tarde de que el envoltorio partiese hacia el valhala de los paquetes. Llenar cajas con secretos y lanzarlas a la nada, eso era. A veces pienso que mas de un mendigo se habrá quedado dormido arropado por mis pensamientos absurdos.

Pero el tiempo pasa. Uno crece y descubre que el cartón se pudre y no echa flor, y jamás vuelve a ser árbol aunque sí, alguna vez, cartón de nuevo. Y nosotros, al contrario que él, sí que regresamos de vez en cuando, y a veces nos cae encima como un manto la oscuridad de envoltorios pasados. Y de repente nos vemos dentro de una caja platónica mientras escribimos el primer mensaje de un blog a sabiendas de que, por ahora, nadie sabe el camino que lleva nuestras palabras, y que hasta que nosotros y solo nosotros decidamos abrir la puerta o dibujar el mapa, estas se quedan flotando en la nada. Y las dejamos, desnudas y escondidas frente a la violación del pensamiento y el juicio ajenos, durmiendo en un bello, quieto e ínfimo equilibrio con el silencio. Y el momento es mágico. Una burbuja mágica perdida en el fondo de la tela de araña.

Eso, claro, hasta que llega tu mirada para fastidiarlo todo.

Mierda pa ti.