Thursday, November 16, 2006

BAILE DEL ENCANTAMIENTO SUBMARINO.


edundancias las encontramos a miles a lo largo de nuestra vida. Pero sólo hay una entre ellas que tiene el paradójico efecto de hacernos avanzar, y esa es la de la lluvia. Hoy el cielo redunda a chorros y yo llevo toda la mañana viendo el ciclo gotero proyectarse frente a mí, en la pared de la oficina. Día de colada. Día cíclico. Día de vueltas y vueltas, run run run de la lavadora. Los clientes pasan de hacer pedidos, la jefa se va de reunión y los ratoncillos aprovechamos la ausencia del gato para salir de nuestras mesas a bailar bajo la sombra del chubasco, mientras M-80 repite "Forever Young" por enésima vez. Estoy seguro de que hay jornadas de trabajo peores.
Y el caso es que llevo, desde que al filo de las ocho me despertó el tamborileo feroz, sintiendo girar en mi sesera dos imágenes. Sin niguna razón en concreto. Las dos del pasado y, por tanto, las dos redundantes. La primera es este fotogramilla que me regaló Juanra Carneros (maestro, amigo y bombero de vocación que ahora mismo anda dedicado a la conversión artística de infieles allá por los límites de las tierras sin lluvia ), que viene muy bien al tema porque nos habla indirectamente de las cosas que el agua hace crecer, y de la necesidad de mojarnos, o de que nos mojen de vez en cuando, aunque sea con gargajos. Palabras de sabio en technicolor:


La segunda, mucho más misteriosa, es la sonrisa de la señorita de aquí abajo, que responde al nombre de Julie y que, excepto por las elegantes isobaras entre las que encuadra su boca, nada tiene que ver con meteorología, aguaceros y bajas presiones. Pero a la que pongo aquí porque me gusta, porque me apetece, porque hoy es hoy y porque llueve. Hala.

¿Lo ven? No mentía cuando les hablaba de lo que nos hace avanzar la redundancia de la lluvia. Ustedes han tardado unos pocos minutos en leer esto. Pueden leerlo otra vez si quieren. Redunden, redunden. Y cuando terminen esa segunda vuelta estarán en el sitio en el que yo me encuentro ahora, cuando ha dejado casi de llover, y son casi las siete, y se me ha pasado la jornada laboral sin darme cuenta entre gotas, capullos y sonrisas de flores. En diez minutos saldré a la calle, que olerá a Vernel, para estrenar la ciudad mullida, suavizada, limpia. Run run run que baja. Un parpadeo en el piloto rojo. Clic clic clac y silencio. Por hoy, la colada ha terminado.

El centrifugado mejor lo dejamos para el fin de semana.

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